Sentirse cansada todo el día, con episodios de mareo, molestias digestivas y poco apetito no siempre es “estrés”, ni “agotamiento normal”, ni “me falta hierro”. Este patrón de síntomas es muy frecuente en mujeres con lipedema, incluso antes de tener un diagnóstico formal. El problema es que la mayoría de estas mujeres han escuchado durante años que lo suyo es vida acelerada, ansiedad o mala alimentación. No es tan simple.
El lipedema no es sólo “acúmulo de grasa en las piernas”. Es una enfermedad del tejido conectivo, dependiente de hormonas femeninas, que afecta sobre todo a muslos, rodillas, caderas y tobillos (y a veces brazos). Ese tejido se vuelve doloroso, sensible a la presión, hace moratones con facilidad y genera una sensación de pesadez interna. Pero el impacto del lipedema va más allá de la pierna: es sistémico. Y ahí es donde entran el cansancio persistente, las náuseas, la falta de apetito y los mareos.
El origen común: Intestino permeable y subinflamación crónica
En el lipedema existe siempre hiperpermeabilidad intestinal. Esto significa que la barrera intestinal —que debería ser muy selectiva— se vuelve más “porosa” de lo que debería. Esa permeabilidad aumentada permite que fragmentos de alimentos, moléculas proinflamatorias y pequeños componentes de origen bacteriano crucen a la sangre de manera continua.
El cuerpo interpreta esa entrada constante de “microagresiones” como una amenaza de bajo grado y responde con inflamación sistémica mantenida. A esto lo llamamos subinflamación crónica: una inflamación constante, de baja intensidad, que no da fiebre ni un cuadro agudo evidente, pero que sí altera cómo funciona el organismo en su conjunto.
Esa subinflamación crónica es el núcleo de muchos de los síntomas que las pacientes describen:
- Cansancio extremo.
No es el cansancio “normal” después de un día duro. Es una fatiga basal que aparece ya por la mañana. Muchas mujeres con lipedema dicen literalmente: “Me levanto agotada”. Esto ocurre porque el cuerpo está gastando recursos metabólicos en sostener esa inflamación de fondo todo el día. - Sueño no reparador.
Aunque se duerman horas suficientes, muchas pacientes se despiertan con la sensación de no haber descansado. La subinflamación crónica interfiere con las fases profundas de recuperación nocturna. No es que “no duermas bien porque estés nerviosa”; es que tu fisiología no entra en modo reparación total. - Náuseas y falta de apetito.
Aquí hay dos vías. Por un lado, el intestino más permeable suele ser un intestino más reactivo: comer puede producir incomodidad inmediata, hinchazón o sensación de asco leve. Por otro lado, ese mismo estado inflamatorio altera el eje intestino-cerebro, que regula el apetito. Resultado: menos ganas de comer, digestiones desagradables, rechazo a alimentos que antes tolerabas. Esto no es “falta de fuerza de voluntad”: es biología. - Mareos.
El mareo en este contexto suele describirse como sensación de flojera, inestabilidad, “se me va el cuerpo”, más que como un giro real del entorno. Suele aparecer cuando coinciden fatiga intensa, ingestas pobres (porque no apetece comer) y una sensación general de debilidad al final del día. Muchas pacientes lo viven como “me voy a caer”, aunque desde el punto de vista neurológico no haya un problema focal.
La clave es entender que todos estos síntomas —cansancio, malestar digestivo, falta de apetito, mareo— no son piezas sueltas, sino manifestaciones de un mismo proceso: hiperpermeabilidad intestinal → subinflamación crónica → fatiga sistémica.
Lo que ocurre en las piernas empeora todo lo demás
A esa base inflamatoria se le añaden tres factores locales que actúan como amplificadores.
- Sobrecarga mecánica y dolor postural.
El tejido conjuntivo enfermo en el lipedema aumenta volumen en las extremidades. Eso cambia la biomecánica: caminar, subir escaleras o incluso estar quieta de pie requiere más esfuerzo. Las articulaciones —especialmente tobillos, rodillas, cadera y zona lumbar— trabajan continuamente en compensación. Al final del día aparece dolor lumbar, dolor en rodillas, tensión cervical. Ese dolor crónico mecánico consume energía. Literalmente agota. - Hiperlaxitud ligamentosa.
Muchas mujeres con lipedema presentan enfermedad del espectro de la hiperlaxitud ligamentosa: ligamentos más laxos, articulaciones menos estables. Cuando una articulación no estabiliza por sí sola, el músculo tiene que hacer ese trabajo de sujeción cada minuto. Eso significa que gestos cotidianos —estar de pie hablando, cargar una bolsa, aguantar una cola— se convierten en ejercicio isométrico constante. Esa “pequeña lucha muscular continua” añade más fatiga e incluso más sensación de mareo o “me voy abajo”. - Congestión flebo-linfática.
En muchas pacientes aparece congestión de retorno venoso y linfático en las piernas. No siempre es un linfedema establecido, pero sí una circulación más lenta. El resultado es la típica frase de última hora del día: “Siento las piernas duras, hinchadas, a punto de explotar”. Esa presión interna intensa genera una necesidad urgente de sentarse o tumbarse con las piernas elevadas. Muchas lo viven como somnolencia (“me quedo dormida de puro agotamiento”), pero en realidad es el cuerpo pidiendo descompresión, drenaje y alivio.
¿Qué hacemos con estos síntomas?
El error clásico es intentar apagar cada síntoma de forma aislada: algo para las náuseas, algo para el mareo, algo para el cansancio. Ese enfoque es incompleto. El abordaje correcto es integral y médico.
- Modular la hiperpermeabilidad intestinal y la subinflamación crónica.
La nutrición aquí no se plantea como “dieta para adelgazar”. Se plantea como intervención terapéutica para reducir permeabilidad intestinal, bajar esa inflamación sistémica de bajo grado y, con ello, mejorar energía, apetito y calidad de sueño. Cuando se regula el intestino, muchas pacientes notan menos náuseas, menos rechazo a la comida y menos fatiga basal. - Mejorar el drenaje flebo-linfático.
Fisioterapia especializada y trabajo dirigido al sistema linfático y venoso ayudan a aliviar la pesadez y la presión interna de las piernas, especialmente al final del día. Cuando baja esa sobrecarga, disminuye también la sensación de “estoy al límite, me voy a caer”. - Estabilizar y descargar articulaciones laxas.
No se trata de “haz más deporte”. Se trata de ejercicio terapéutico adaptado, diseñado para dar estabilidad a tobillos, rodillas y cadera sin castigar estructuras ya inestables. Esto reduce dolor mecánico y libera energía que antes se estaba consumiendo solo en sostenerse de pie. - Tratamientos médicos específicos sobre el tejido afectado.
Existen intervenciones no quirúrgicas, ecoguiadas y planificadas sobre las zonas de lipedema más dolorosas o sobrecargadas. El objetivo no es “quitar grasa por estética”, sino reducir volumen patológico, aliviar el dolor local y proteger la función diaria.
Cansancio, mareos, náuseas y falta de apetito no son detalles sin importancia ni “cosas de la edad”. En el contexto del lipedema son señales precoces de un proceso sistémico: hiperpermeabilidad intestinal que mantiene una subinflamación crónica, y sobre esa base, sobrecarga mecánica, hiperlaxitud ligamentosa y congestión flebo-linfática. Escuchar estos síntomas y tratarlos en origen no es un lujo estético. Es salud, energía diaria y calidad de vida real.



