Condromalacia rotuliana: causas, factores de riesgo y prevención

Condromalacia rotuliana

Las causas de la condromalacia rotuliana son una de las dudas más comunes en consulta porque hablamos de un dolor que limita la vida diaria: dolor en la parte anterior de la rodilla, molestias al bajar escaleras, sensación de pinchazo al ponerse de cuclillas o incluso incapacidad para levantarse del suelo sin usar las manos. Aunque tradicionalmente se ha asociado esta lesión a deportistas o a impactos repetidos, en la práctica clínica vemos otro perfil muy claro: mujeres con hiperlaxitud ligamentosa, muchas de ellas con lipedema, que desarrollan un daño precoz del cartílago bajo la rótula. Ese desgaste recibe el nombre de condromalacia rotuliana.

En Clínica Simarro entendemos esta patología no como “una rodilla que duele”, sino como el resultado de un problema mecánico crónico del tren inferior sobre un terreno inflamatorio sistémico. Eso significa que la prevención y el tratamiento no son solo analgésicos y reposo: requieren una intervención dirigida, estructural y personalizada.

¿Qué es exactamente la condromalacia rotuliana?

La rótula (patela) actúa como una polea. Cada vez que flexionas y extiendes la rodilla —subir escaleras, incorporarte desde cuclillas, levantarte del sofá— la rótula debe deslizarse de forma estable por un canal del fémur. Para que ese deslizamiento sea suave, la cara profunda de la rótula está recubierta de cartílago. Ese cartílago reduce la fricción y absorbe carga.

Cuando ese cartílago se reblandece, se fisura o empieza a deteriorarse de forma anormal, aparece dolor anterior de rodilla. Eso es la condromalacia rotuliana.

Los signos clínicos típicos son muy específicos:

  • Dolor al bajar escaleras o al arrodillarse.
  • Dolor si alguien presiona la rótula estando de rodillas (“si me tocan ahí, salto del dolor”).
  • Sensación de quemazón o pinchazo detrás de la rótula tras estar sentada mucho rato con la rodilla flexionada (cine, coche, oficina).
  • Necesidad de apoyarse con las manos para levantarse desde el suelo o desde cuclillas, porque la rodilla no “empuja” sola.

Si reconoces esto, es muy probable que haya una afectación rotuliana funcional.

¿Por qué aparece? El papel crítico de la hiperlaxitud ligamentosa

En muchas pacientes con lipedema vemos hiperlaxitud ligamentosa generalizada. La hiperlaxitud no significa solo “soy flexible”: significa que los ligamentos —que deberían estabilizar tobillo, rodilla, cadera y zona lumbar— son demasiado elásticos. Ese exceso de elasticidad hace que las articulaciones pierdan control fino.

El tren inferior se ve afectado en cadena:

  • Tobillo: el tobillo “cede” y se tuerce con facilidad en gestos mínimos, incluso caminando en llano. Estas torceduras son muy frecuentes, pero casi nunca hay un esguince clásico con rotura ligamentosa aguda. ¿Por qué? Porque el ligamento ya es tan laxo que permite el giro sin llegar a romperse. La paciente no dice “me he roto el tobillo”, dice “se me va el tobillo cada dos por tres”. Eso es microinestabilidad crónica.
  • Fascia plantar: esa microinestabilidad del tobillo se transmite al apoyo plantar. La fascia, en la planta del pie, trabaja de más para sostener el arco. Aparece dolor de planta, cansancio al estar de pie y molestias en el primer apoyo de la mañana.
  • Rodilla: aquí está el punto clave. Si el tobillo no estabiliza bien, la rodilla compensa. En una rodilla sana, la rótula sigue un recorrido centrado al flexionarla. En una rodilla que está compensando inestabilidad desde abajo (tobillo) y desde arriba (cadera), la rótula deja de deslizar donde debe. Se desplaza ligeramente lateral o rota mal. Ese mal recorrido repetido, día tras día, genera roce anómalo y desgaste prematuro del cartílago bajo la rótula. Ese es el origen biomecánico de la condromalacia rotuliana en estas pacientes.
  • Cadera y zona lumbar: la cadera trabaja para sujetar la pelvis y evitar que “caiga” hacia un lado; la zona lumbar entra en sobrecarga continua para mantener la postura. Esto produce fatiga lumbar y lumbalgia mecánica crónica.

El resultado es una rodilla que duele no porque “has corrido demasiado”, sino porque tu sistema de soporte completo (tobillo-rodilla-cadera-lumbar) está haciendo microcorrecciones constantes para no colapsar.

¿Dónde encaja el lipedema en todo esto?

En el lipedema se suman tres factores que aceleran el problema:

  1. Hiperlaxitud ligamentosa del tren inferior.
    Rodillas, tobillos y fascia plantar trabajan sin una sujeción ligamentosa firme. Eso aumenta el movimiento anómalo de la rótula y acelera el desgaste.
  2. Sobrecarga mecánica crónica.
    El aumento de volumen en las piernas cambia la manera de caminar y de sostener el peso. El cuádriceps —el músculo que debería guiar la rótula— vive agotado porque está intentando sujetar una articulación que no está bien alineada.
  3. Subinflamación crónica sistémica.
    En lipedema existe hiperpermeabilidad intestinal, que genera una subinflamación crónica de bajo grado en todo el cuerpo. Esa inflamación sistémica dificulta la reparación de tejidos blandos, incluido el cartílago retropatelar. Dicho de otro modo: la rodilla sufre mecánicamente y regenera peor.

Por eso, muchas mujeres con lipedema refieren dos cosas a la vez: fatiga general (“me levanto cansada”) y dolor anterior de rodilla con pérdida progresiva de función (“para levantarme del suelo me tengo que agarrar con las manos”).

¿Cómo se trata? Aquí es donde cambia todo

El tratamiento de la hiperlaxitud ligamentosa NO consiste en “estira más” ni en “haz menos ejercicio”. Es todo lo contrario. Si los ligamentos no sujetan, hay que conseguir que lo sujete el músculo.

Eso tiene dos implicaciones:

  1. Aumentar control muscular y masa muscular.
    El objetivo es que la musculatura asuma la estabilidad que el ligamento ya no da. Eso exige:
  • Trabajo de fuerza dirigido, para construir músculo que estabilice la articulación.
  • Trabajo aeróbico adaptado, porque la musculatura que estabiliza también necesita resistencia, no solo potencia puntual.

En el caso de la rodilla con condromalacia rotuliana, el foco principal es el cuádriceps, sobre todo la porción interna (vasto medial), que ayuda a centrar la rótula en su carril. Una rodilla con buena guía muscular sufre menos roce y el cartílago se preserva mejor.

Muy importante: esto NO significa impacto.
No hablamos de saltar, correr ni hacer sentadillas profundas descontroladas. El impacto repetido sobre una rodilla ya inestable solo acelera el daño del cartílago. Hablamos de fuerza segura y controlada, con buena técnica, y de aeróbico de bajo impacto (bicicleta con resistencia suave, trabajo en el agua, elíptica bien ajustada, pilates clínico…).

  1. Enseñar qué deporte sí y qué deporte no.
    Parte del tratamiento en Clínica Simarro es educativo. No basta con decir “haz ejercicio”, porque decir eso sin matiz en una paciente con hiperlaxitud es, literalmente, exponerla a más lesión. Lo que hacemos es enseñar qué patrones de movimiento son protectores (alineación de rodilla, control de tobillo, activación de glúteo medio) y cuáles son lesivos (flexión profunda de rodilla con rótula fuera de carril, giros rápidos sobre tobillo laxo, impactos repetidos).

El objetivo clínico no es que “aguante el dolor”, sino que deje de producirlo en cada movimiento cotidiano.

La condromalacia rotuliana no es solo “cartílago gastado”, igual que el lipedema no es solo “grasa en las piernas”. En la mayoría de las mujeres que vemos, hablamos de una rodilla que está pagando años de hiperlaxitud ligamentosa no tratada, microtorceduras de tobillo repetidas, mala alineación rotuliana y sobrecarga constante. Si a eso le sumamos un terreno de subinflamación crónica, la rodilla no solo duele: empieza a fallar funcionalmente.

La buena noticia es que se puede intervenir. Con diagnóstico adecuado, reeducación biomecánica, fortalecimiento específico y elección correcta de actividad física (fuerza + aeróbico seguro, sin impacto descontrolado), es posible estabilizar la rodilla, proteger el cartílago y recuperar movimiento sin dolor. Ese es el objetivo.

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